16 noviembre 2015

Por los picos de la cabecera del Valle del Río Ancares.

Hola:

Son días de frío ya, noviembre, -2 ºC en muchos puntos del trayecto. En los senderos más umbríos resbala el calzado en la escarcha.
La niebla envuelve buena parte de los valles, y lo hace con testarudez, sin abandonarlos hasta la tarde.
Comienzo la ruta con los primeros rayos de sol lamiendo las copas de los árboles.
Hay más hojas en el suelo que en las ramas. Pero aunque hace frío, la subida hace que la temperatura corporal se eleve hasta superar el grado de confor.
Pasado el refugio, el cielo aparece y permite contemplar los abedules en su esplendor otoñal.
Al fondo se ve Miravalles, el que yo creía que iba a ser el último hito en mi marcha.
Ya por el cordal que pasa por Campanario y Cuiña, hubo un momento que creí estar en Cabárceno. La cantidad de fauna que brincaba por todos lados era espectacular. Las hembras de cabras montesas y los rebecos son huidizos. Pero los machos de cabra montés, parecen no verme y se acercan a tal punto que en una ocasión, en que parecía que ocupaba el camino que quería seguir el macho, pego un silbido o un soplido y se arrancó hacia mi con ímpetu. No me moví por la sorpresa y esperé el topetazo, pero a los dos o tres metros de carrera cambió la dirección y cruzó para el otro lado de la ladera .
Estos son rebecos

Este soy yo, sea la ruta que sea, siempre pongo la misma foto, hasta ahora ha colado. Por cierto, esta foto es de 1982 :-). Aquí todavía era feliz, no sabía la reventadura que me esperaba jajajjajaj
La niebla creo que no abandonó en todo el día la Hoya del Bierzo. Y con el frío, la central quema carbón para satisfacer la demanda de calefacción.
El Valle de Ancares, desde la cabecera, ya había dejado atrás el Cuiña, con su lago.
Y Balouta, que se ve en la ascensión al Miravalles

A partir del Miravalles la cosa se me complicó, ya con una buena caminata en el cuerpo, acabeme peleando con las escobas y urces sin encontrar senda río abajo. Y cansado de abofetearme con leguminosas y ericáceas, opté por subir al cordal que trasncurre entre el valle de Suertes y el de Tejedo para llegar a los cortafuegos que había visto. Creyendo que estos me llevarían sano y salvo a casa, resulta que se convirtieron en una trampa laberíntica, hasta que dí con el adecuado. Y pendiente abajo, casi dejándome rodar jjjjj, tras unos pocos metros de lucha con mis amigas las escobas, los piornos, las urces, los helechos y las zarzas, llegué al camino que va al pueblo de Tejedo. Unos pocos arañazos superficiales, y la ausencia de garrapatas, que comprobé más tarde en casa, fue un precio justo a pagar.
Y me fui como vine, con el sol por debajo del horizonte, solo que esta vez era el horizonte hacia el oeste, espectáculo gratuito que ofrece el universo para los que gozamos con él.

Hasta la próxima.


11 noviembre 2015

Cañón del Añisclo

Hola:

Bien dormido, y madrugando, me dirijo al Cañón del Añisclo, con el miedo a la carretera que lo recorre en el cuerpo. Miedo para nada infundado como después comprobé, aunque se ve peor como copiloto que como conductor.
Al ir a coger el desvío, .... control de alcoholemia...el Somontano ya no estaba en mi sangre, 0,0.
Después de un tramo subiendo, llego a un collado, desde el que se ve Fanlo. A partir de ahí, todo bajada.
Como ocurrió en Ordesa, aunque cuando llegué al aparcamiento de la ruta no había más que que un solo coche, al volver no había aparcamiento libre, e incluso había gente haciendo cola para poder dar aunque fuera un pequeño paseo.
Y empieza la maravilla con el cañón en todo su esplendor y ese soberbio puente que recordaba de la vez anterior, de una estampa bellísima y sencillo a la vez. Todo ello acompañado de la sensación de vértigo que da la altura a la que se encuentra sobre el río. Ya solo el puente merece la visita.





No pude llegar al collado, ni mucho menos. Solo dos horas de ruta, para no llegar demasiado tarde a casa. Al volver hice la ruta corta que tiene el encanto de la ruta larga: agua, cascadas, puentes, frondosidad, senderos de cuento,... Y aún quedaba alguna flor, y unas plantas que no había conseguido ver nunca, y otras que había visto pocas veces, aunque ya sin flor en ambos casos.






Y nada más; sólo el verdor de los campos de cereales germinados, los matices amarillentos y ocres de los viñedos, y la larga puesta de sol que me regaló la tarde, que por fin se confabuló conmigo.



Hasta luego.



10 noviembre 2015

BROTO. HUESCA.

Hola:

como quiera que mi manía de no reservar se prolonga en el tiempo, y ante el aluvíón de gente que vi en Ordesa, pensé en tener que dormir en el coche.
En el primer pueblo al que fui, del que tenía unas escuetas anotaciones en mi mapa de carreteras de mil novencientos y pico, vi que mis sospechas comenzaban a cobrar visos de realidad. Pero la suerte a veces me acompaña, y cuando ya me iba a ir, descubrí un hotel, poco llamativo, en el que por un módico precio, tuve una habitación coqueta con un colchón acogedor como hacía que no había probado. Dormí como un lirón, arrullado, también hay que decirlo, por las tres copas de Somontano que me había metido entre cena, antecena y sobrecena.
El pueblo debe tener más establecimientos que casas a mi juicio. El turismo es sin duda factor de riqueza. Y es bonito. Valgan como ejemplo, la Cascada del Sorrosal, el puente que existe y el que ya no existe, su iglesia y torre de la cárcel, y la vista hacia Ordesa, que coincidió en un momento especial, con el pueblo ya entrado en la tarde noche, y el sol iluminando esas montañas que caracterizan al Parque Nacional.
¿¿¿¿¿????. ¿Alguien sabe?





Hasta luego.


09 noviembre 2015

Ordesa

Hola:

Ya fue algo tarde, el otoño había golpeado de lleno estos valles. El colorido se había ido al suelo y homogeneizado con la humedad y el frío.
Y hacía frío, sí, casi como si fuera invierno. Y el cambio de hora, lo cerrado y la orientación del valle, hacían del lugar un sitio un poco triste y nostálgico... justo como me gusta, en una cierta dosis claro.
La afluencia de gente superó todas mis previsiones. Tuve que volver hacia atrás para encontrar aparcamiento, lo que sólo hizo incrementar unos minutos más mi paseo, y a fe que no me importó lo más mínimo.
Estaba Ordesa en un estado que no conocía, ya que las dos veces anteriores que la había visitado, una era primavera y la otra era el inicio del otoño. Así que los matices son nuevos, y no me arrepiento de haber llegado.
Como una imagen vale no sé cuantas palabras, ahora dejo una selección de lo que traje en mi repleta tarjeta. Aunque me asalta la sensación de que últimamente me dedico más a capturar fotos que sensaciones, pero bueno, creo que hubo buenas dosis de las segundas también.
La primera foto no es de Ordesa. Es de Escó, un pueblo abandonado, que también fotografié la primera vez que fui. Parece que estuviera igual, como si la ausencia de gente hubiera preservado el pueblo de todo cambio.

















Pero no todo se reduce a los Pirineos.
Los campos enmoquetados de cereales recién germinados, con un verde casi fosforescente, sobre todo si los comparamos con los campos en barbecho, los que acaban de ser "depilados" de maíz, de remolacha, y más aún destacan por el contranste con los campos de negruzcos girasoles.
Los diversos y espectaculares colores de las viñas de La Rioja y Burgos.
Y que decir de los enternos atardeceres, incluso en este mes, de la meseta Castellana y Leonesa. La despedida fue apoteósica, de ciencia ficción; con un manto escarlata sobre una larga extensión de las montañas leonesas, al oeste, y el sol que casi se podía apreciar como se iba ocultando milímetro a milímetro, hasta desaparecer y dejar sólo su fulgor.
Hay belleza prácticamente en todos lados, salvo que el infierno invada nuestra alma. Y entonces... entonces es difícil encontrar nada que nos satisfaga.

Yo, por mi parte, salí tan de madugrada y silencioso que dejé atrás mi ansiedad dos días. Respiré, dormí, subí por los senderos como nunca, disfruté cada segundo sin preocupación. Y solo por eso, ya mereció la pena.

Hasta luego.